Me llega a detener más el miedo de arrepentirme de tomar una decisión equivocada por el arrepentimiento posterior, que la decisión y sus implicaciones directas.
Esta lloviendo. Huele a bosque. Huele a limpio. Cosa rara en la ciudad más grande del mundo. Entra un poco de agua pero no me atrevo a cerrar la ventana. La temperatura, la humedad, el olor, los truenos y las cobijas que casualmente hoy puse en mi cama... Todo coordinado para llevarme 25 años atrás. A mi infancia. A mi pueblo. Cerca de mis seres queridos. Ya me estoy quedando dormido. Pero vuelvo a abrir los ojos para sentir un ratito más.
Parecía que hacía más. Yo creía que era bueno ser desesperado. Lanzarme sin esperar. Sin leer instrucciones. Resolver. Hacer. Pero el tiempo no tiene prisa. Y con el tiempo, aprendí. Hoy sé que esperar también es hacer. Hoy sé que algunas cosas solo llegan solas. El tiempo da las mejores lecciones. Te enseña que la prisa es ruido. En el silencio crecen muchas cosas que valen la pena. Hoy dejo que algunas cosas se resuelvan solas. Ser desesperado parecía una buena idea. Hoy sé que también hay que esperar.
Esperaba mi desayuno en un restaurante, y por mientras, observaba el movimiento dentro de una pecera. Pensando en que una pecera es todo el mundo para esos peces, toda su vida, o gran parte de ella... Recordé alguna vez haber visto el dato de que la gente durante el siglo pasado, solía vivir en un radio de 15 kilómetros toda su vida. Aún es verdad. La gente se aferra a sus lugares de origen. Hoy en día se aferran a nada. Cada quien.
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